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Terra
La Coctelera

Trosma

Mi querido Trosma:

Hoy te eché de menos, no me preguntes cómo ni por qué, es un verdadero misterio. Ya sé que no me lo preguntarás pero da igual, yo me asomo a esta ventana como mis antecesoras se asomaban al océano desde los acantilados de Puntamuyeres, al oteo de los barcos y los marineros que las sustentaban en tierra, y muchas, bañadas en luto y salitre contemplaban el horizonte yermo, sin esperanza, como yo miro la página de Internet donde desapareciste.

Nosotras las mujeres necesitamos amar para vivir. Fue tan largo el tiempo de sometimiento torturadas al servicio de la especie, que llegamos a inventar ésta fórmula como válvula de escape. Cómo sobrevivir si no ? Cuando descendimos a la tierra nos esclavizaron.

Nunca sabré si realmente había un Trosma al otro lado o si eras un gancho del portal o algún disminuido apoyado en una alcumada estirpe, pero tampoco me importa, en realidad la metafísica me alcanza para fantasear, como hacemos las mujeres cuando enfermamos de amor y nos enamoramos.

aunque todos habitantes del planeta jugaran sin parar al

Aunque todos los habitantes del Planeta jugaran sin parar al ajedrez se necesitaría una eternidad para llevar a cabo todas las partidas posibles.

Sin embargo Belarmina descubrió con medio siglo que su vida se resumía en una partida de ajedrez inconclusa. Ella venía a ser la simbiosis de dos figuras: el obstinado peón de reyy la dama sacrificada, un destino en el universo de sesenta y cuatro escaques blanquinegros, cada escaque un abismo y una dimensión del tiempo, el día y la noche... Tal vez fuese cierto que el ajedrez era una metáfora de la existencia, pero en su caso era la vida misma.

Si la batalla representa en sentido figurado la sublimación de la agresividad, eso lo padeció Belarmina, escondiendo una cólera reprimida y cronificada que se hizo patente cuando las defensas le flaquearon producto del implacable paso del tiempo y de los vaivenes hormonales.

Ella empezó a jugar aquella partida vital casi simultáneamente a practicar el juego sobre el tablero, y siendo consciente de lo segundo desde la infancia, de lo primero hace escasamente unas semanas que se dio cuenta. Y desde entonces se apoderó de ella una suerte de hipocondría, con la somatización del mal disfrazada de muerte, que le acecha desde todas las esquinas y que le impide, tanto prever el siguiente paso, como planificar las jugadas. Ahora está abatida por los pesares de la edad, por así decir, a punto de rendirse.

Pero el asunto se remonta a la infancia. A los cinco años su padre le regaló un hermoso juego de piezas de madera con el que ya estaba familiarizada, él consideraba el ajedrez una fuente de sabiduría y aunque fuese patrimonio masculino, ella, desde temprano destacó en cualidades, si bien él hizo los posibles para que la niña se aficionara ya que tardó once años en asimilar que su primogénita no fuera varón.

A los ocho años la criatura empezó a rivalizar con su progenitor sobre el tablero, y sin saberlo también a disfrutar de algunos privilegios; podía comentar jugadas desde aquella perspectiva superior, medirse con maestros e ir a campeonatos donde estaba siendo valorada. Para la niña aquello era lo natural; aunque no se le escapaba deparar en la ausencia de competidoras femeninas, pensaba en una falta de interés por el juego más que en otras cortapisas.

El padre estaba orgulloso de los avances de su retoño. Y así fue hasta que ya despuntaba en méritos y en pezones, y tuvo su primera regla. Entonces Belarmina sintió el desconcierto propio que provoca la perdida sanguinolenta cuando se desconocen las razones a que obedece el derrame, pero además sintió rechazo y con ello debilidad y flaqueza. Luego ira, una ira implacable hacia su familia y hacia ella misma. Sin embargo este episodio permaneció en el olvido.

A partir de ahí se esfumaron las prerrogativas y para colmo de males siete días al mes el periodo la convertía en una enferma; los dolores menstruales la invalidaban, ni podía ir al colegio, ni bañarse, ni siquiera comer sin vomitar. En eso consistía ser mujer le había dicho su madre. Además el padre ya no se entusiasmaba con sus progresos en el ajedrez y casi tenía que suplicarle para que aceptase jugar con ella. Belarmina no conseguía entender la situación y la impotencia la superaba. Un día comprendió que había jugado la ultima partida con su padre, pero desconocía el significado de las tablas condescendientes que el le había ofrecido.

De los doce a los dieciocho años abandonó el juego; el tablero fue más un adorno que una afición, pero las piezas permanecieron enhiestas en sus casillas todo ese tiempo, no se atrevía a tocarlas. Se había enrocado en un estado larvario y la rabia se le canalizó en rebeldía, en odio al padre y menosprecio hacia la madre y se quedó huérfana de reconocimiento. El impasse en el juego le duró hasta que se enamoró, la rabia casi para el resto de la vida.

Pero volvió a jugar al ajedrez, ya se había enamorado varias veces, había perdido la virginidad, y los anticonceptivos además de impedir embarazos le minimizaban los nefastos síntomas de feminidad. Había abandonado el capullo convertida en ninfa voluptuosa, de lo otro, de quien era y todo lo demás habría tiempo para enterarse.

Belarmina se enamoraba de compañeros de estudios, de camareros de bares, de ligones de medio pelo. Pero no pasaba más de una semana sin que encontrase la ocasión para medirse con el elegido de turno en una partida de ajedrez, y de eso dependía la semana siguiente: si el muchacho era lego en la materia el romance era improbable, a menos que Belarmina compartiese andanzas con un jugador avezado, en cuyo caso podía prolongarse un par de meses si el lego era un amante despierto.

Ella desde el primer momento entablaba las relaciones como una batalla. Bien es cierto que no prescindía de la seducción y el coqueteo, pero ¡ojo! de la afrenta tampoco. Si el muchacho no presentaba beligerancia a la primera de cambio mejor, el lance tiene sus escaramuzas, no daba el intento por fallido, empezaba el tanteo. Belarmina asustaba a los pretendientes-contendientes en un primer momento, pero dado su doble juego, y sobretodo su hermosa presencia, ellos quedaban prendados de su arrogancia furiosa y la imaginaban felina en los escarceos sexuales lo que les potenciaba la libido instantáneamente.

Uno tras otro entraban en el templo de su habitación engreídos de conquista y ni siquiera deparaban en el altar donde las treinta y dos piezas les daban socarronas la bienvenida, porque ellas siempre estaban allí, esperando.

Durante siete años el cuarto fue visitado por una media de doce hombres al año, de los cuales la mitad jugó al menos una partida cada vez, el veinticinco por ciento tres partidas de media por visita y el resto ninguna. La contrincante siempre fue Belarmina que perdió una de cada seis partidas, pero nunca dos consecutivas con el mismo amante.

Luego conoció la humillación en el juego y en el amor. Perdía, y sin embargo el no era mejor jugador que ella, sólo que su presencia la obnubilaba y se dejaba ganar con tal de sentirse poseída por él, raptada. De pronto a los escaques blanquinegros del tablero se les iba la geometría y las piezas se fundían en una danza marina de olas y espuma. Así era el amor.

Dejó de jugar al ajedrez. Encima del tablero, con las piezas tumbadas y esparcidas había ahora una pila de ropa sucia. Belarmina llevaba cinco días abatida de dolor y ahogada por el llanto. Estaba en casa con las persianas a media asta, esperando que reclamara al teléfono su amante bandido. Esa misma noche aparecía el a hurtadillas para llevarla hasta el arrebato, desparramando pasión y el resto de los bártulos. A la mañana siguiente Belarmina, en un santiamén, recuperaba el orden, colocaba con indiferencia el ajedrez y se metía de nuevo en la cama caldeada por el ardiente amado.

Tres años después la dinámica continuaba inalterada, pero ella ya manifestaba claras muestras de desgaste y una apreciable desidia vital. Él aún pasaba tres de cada seis días ausente, alternando con noches etílicas de pérdida neuronal, a la cuarta ella ya prefería que no regresara nunca más, pero eso no sucedía. Fue entonces cuando empezó a jugar sola.

Sobre el tablero colocaba meticulosamente las piezas y comenzaba la partida siendo en cada caso su propio rival. En una rigurosa representación de mente escindida, la esquizofrénica contienda podía durar horas o semanas en las que se enfrentaban dos adversarios ecuánimes y porfiados. Aún así ganaba y perdía simultáneamente y la victoria era celebrada y la derrota analizada en detalle. Continuó con altibajos en la afición, pero no volvió a jugar con nadie durante diez años.

El último de sus amantes de juventud murió cirrótico quince años después de la última partida en común, pero ella ya no notó su ausencia, sintió más bien alivio. Y siguió jugando sola.

Con el tiempo retomó parte de su círculo de amistades y con ello un poco de vida social y volvió a las andadas: hombre que se le acercaba conflicto en ciernes. No había perdido ni un ápice de rencor hacia el sexo masculino. Pero entonces ya no era recomendable llevarse amantes a casa, y empezó a frecuentar hoteles, moteles y hasta paradores nacionales, y fue en uno de estos donde se tropezó con un magnifico tablero de figuras de mármol con el que se pretendía ambientar la vetusta habitación. Su acompañante tomó el peón de rey y movió, luego le miró a los ojos retándola, pero ella estaba desconcertada, - ¿no sabes ju­gar?

Entonces ella extendió el brazo con desidia, tomó la contundente pieza oscura y abrió con el peón de dama. No sabe jugar dedujo él, ese movimiento no correspondía a alguien que supiera. En dos jugadas más cambió radicalmente de opinión.

Belarmina y su acompañante pretendía pasar un fin de semana de lujo a base de los bonos de viaje, comerían, beberían y si se terciaba igual caía un polvo meritorio, pero eso no siempre estaba incluido en el paquete. Con lo que no contaban era con enzarzarse esos dos días en una virulenta partida de ajedrez. No bebieron más que agua, apenas comieron y ni siquiera follaron. El domingo por la mañana, antes de las doce dejaron la habitación con la partida inacabada. Cada uno por su lado lleva apuntadas las posiciones. Mueven negras.

Belarmina llegó a su casa rendida de sueño y agotamiento psicológico y se fue directamente a la cama con la partida en la cabeza. Despertó sobresaltada de madrugada.

Se encontraba en un lugar amplio que en detalles identificó como la casa donde naciera y se crió, la casa de sus padres antes de la reforma. Reconoció la cochinera aunque mucho más grande que la original, podría ser incluso la propia casa. Estaba acompañada de un niño pequeño. En el suelo hay un montón de cuerpos vacíos, partidos en mitades longitudinales de lo que pudieran ser tres o cuatro cerdos. Esos cuerpos sirven de alimento a un numero inexacto de leones adultos, dos tal vez, que deambulan por allí sin representar ningún peligro hacia su persona. -Sabe que son leones pero no los visualiza realmente -. En un momento determinado decide encerrarse en el habitáculo con el niño, desconoce lo que le lleva a hacer esto, tal vez teme que cuando los leones se coman los cerdos vayan a por ella. Pero también sabe que encerrándose los ha privado de su alimento, por eso empieza a tapiar puertas y ventanas y a buscar escondites y parapetos ante el posible intento de los leones de entrar a por la comida, sin embargo descubre tarde que la estructura es bastante frágil y podrán acceder con poco esfuerzo. Mientras se ocupa en defenderse, sin tener la certeza de que la vayan a atacar, ni observar ningún león pretendiendo entrar, ni siquiera merodear, continúa afanada buscando protección. Cuando finalmente constata que no se puede esconder ni escapar despierta.

Está tan angustiada que es su propio alarido lo que la desvela.

Despega a duras penas las sábanas del cuerpo empapado en sudor y se levanta aturdida para ir a sentarse en el sillón frente al tablero, en penumbra visualiza la jugada y entonces lo ve claro:

Todos los hombres de su vida representaron al padre y el rechazo a su feminidad, y el conflicto pendiente con él la simbólica batalla. Qué estafa, que fiasco de existencia.

El lunes no pudo ir al trabajo, el desengaño la había noqueado, era incapaz de asimilar el fraude. Qué imbecil había sido, qué tomadura de pelo, ¡puta vida! gritaba una y otra vez.

Día tras día siguió martirizándose hasta que pidió la baja. Su amigo, el de la partida pendiente, la llamaba a menudo, ella no quería verle. Pero un día tocó el timbre de su puerta y ella abrió, se disculpó por el desorden, le dijo que estaba enferma y que si tenía intenciones de terminar la partida no era el día propicio, el le ofreció un ramo de flores y le pidió que le acompañase el siguiente fin de semana a la sierra, ella aceptó indolente.

Ese fin de semana pasearon y se acostaron y ella no se sintió peor si no a gusto en su presencia.

Luego se fue recuperando y pudo volver al trabajo, aunque desde entonces se siente morir a menudo, agoniza entre males imaginarios, golpes de calor y sudores fríos, taquicardias y reflujos. La regla se le está retirando.

Belarmina se deja cuidar por ese compañero tardío y entrañable, aunque como el miedo la acosa, está, por así decir, tentada a ofrecerle tablas, metafóricamente, porque tiene la posición ganada: mueven negras y el peón de rey corona dama.

Sandoval

Un hombre intransigente llamado Sandoval
necesitó años
hasta lograr anular por completo
la personalidad de la que aún sigue siendo su esposa.
Finalmente nunca pudo dar rienda suelta
a sus impulsos homosexuales.

Susú

Susurrando rezos y plegarias
se le iban las horas alternando
con el santoral.
Su existir era puro boato interior,
en apariencia beata.

Mensaje

Percibe la araña sigilosa
tejiendo la adhesiva red mineral,
el leve movimiento del interlocutor,
lo capta telegráficamente.
Las pulsaciones le envían un mensaje cifrado
que ella interpreta siempre en código de provisión.

Dos

Cuando las fantasias de dos humanos se juntaron,
nació por pura casualidad lo que bautizaron como amor romántico.
Cuando las mismas fantasias se realizaron desatan el amor pasional.
Cuando el amor pasional desaparece queda el amor humano en sus multiples facetas:
odio, amistad, indiferencia en ausencia total de fantasía.
De la fantasía por cierto, en concreto, todo se intuye.

Dolor, goce y palabras

Era un poeta, un poeta con todos los ingredientes,
necesitaba escribir como respirar,
incluso a veces se ahogaba a propósito,
se suicidaba intencionadamente,
se castigaba para sentir y anotaba la vida para creérsela.
Era por lo demás el hijo perfecto para no ser hijo,
con el cuerpo perfecto para no ser hijo,
la ternura, la inseguridad,
la rebeldía perfecta para ser el hijo perfecto.
Un niño con el abecedario entero para jugar
y con el conocimiento y la sabiduría para ser el padre de miles de poemas.
Un onanista, un mártir del verso incestuoso.

El pececito

La mano se zambulló en el océano de la entrepierna a través de la bragueta,
para volver a la superficie llevando entre sus fauces dactilares
un pececito mohíno y triste, encogido por el miedo y la sorpresa.
Amorosamente el propietario de la mano, pretende, con caricias y besos y
el cálido aliento de su boca reanimarlo.
Súbitamente el cuerpo fusiforme cobra vida,
y de un impulso certero regresa juguetón al mar del que procede.

Contra todo pronóstico en las profundidades se envara ufano.
El propietario de la boca y la mano, entonces,
en apariencia despechado, se lanza tras él de cabeza,
sumergiendose en la inmensidad oscura con riesgo de ahogamiento salitral.
Logrando finalmente devorarlo, metafóricamente, en su propio jugo.
El pececito, muerto de miedo, se esconde otra vez, entusiasmado,
a la espera de nuevas aventuras interespeciales.